El arte del packaging

1 junio, 2018

No nos engañemos… la apariencia importa. La imagen que mostramos de nosotros mismos al mundo es nuestra carta de presentación, la idea que queremos transmitir sobre nosotros sin siquiera dar un paso, abrir la boca o pestañear.

Todos, por más o menos retoques o complementos que nos pongamos encima, estamos comunicando intencionadamente un mensaje acerca de nuestro ser. Puedes usar tacones de aguja y pintalabios rojo o una simple básica gris con unas deportivas blancas. Habrá quiénes se sientan atraídos por el primer “embalaje” o habrá quiénes se sientan curiosos por el segundo. Hay muchos factores que influyen a que se decanten por uno u otro, pero éste no es un tema que este artículo pretende abarcar. Eso sí, lo que es obvio, es que si el mensaje que se capta en la primera impresión no concuerda con lo que hay dentro… ERROR localizado. Sentido común y coherencia son básicos en la comunicación.

Y sí, es verdad que lo que importa es el contenido o, como dice la mítica canción de Disney, “la belleza está en el interior”. Sin embargo, con la cantidad de personas que nos cruzamos día a día ya sea en nuestro trabajo, camino a la facultad, en el supermercado o incluso en las redes sociales; nuestra mente necesita hallar algo diferente, singular, original… Algo que, sin más, haga que nos sintamos identificados, conectados y que nos despierte las ganas de  descubrir algo nuevo.

Lo mismo sucede con los productos que se lanzan al mercado día tras día, intentando sobrevivir a la dura competencia, variedades y gamas que desarrollan las grandes empresas.

Como consumidores, nos paseamos por los estantes de los supermercados, por los escaparates de las tiendas o por Internet; saturados de encontrar los mismos productos en todo lugar, cuando de repente… ¡STOP! Algo está cuidadosamente empaquetado, el diseño es armonioso y los colores o la forma del envoltorio encajan con el producto que hay dentro. La tipografía usada para el etiquetado es elegante, simple, con un toque de madera que da la sensación de estar hecho a mano y, por ello, parece natural, respetuoso con el medio ambiente que yo tanto amo. Además, lleva un lazo dorado porque es Navidad, y en esas fechas no se puede comprar otro producto que no sea rojo, verde o dorado. Pero el arte del packaging en Navidad es otro tema a parte al cual podría dedicarse otro post.

En resumen, te enamoras, tu mente hace click sólo con verlo y te conviertes en su mayor prescriptor sin haberlo probado antes. Tal vez es el chocolate más agrio del mundo, con el cacao de la peor calidad y se deshace por el camino. Pero tú, soñador, ya crees en él y lo añades a tu cesta con una sonrisa tonta como la de un adolescente iluso cuando piensa en el amor de sus sueños. Y tú, soñador, vas todo el camino a casa pensando en su sabor, olor y textura y, como no, de lo bien que quedará en tus fotos para Instagram. Y ahí reside el poder del packaging: cuando modifica actitudes y percepciones más allá de la vista.

Es por ello que siempre hay que ser creativo y dar algo diferente al mundo, buscar diferentes opciones, apostar por otras formas y añadir detalles emocionales aun sabiendo que puede resultar costoso. Es vital no olvidar la labor de un creativo/diseñador gráfico que añade a lo material algo que las máquinas son incapaces (al menos por ahora) de generar: arte y sentimiento.

Por: Marta Álvarez

@_martalvarez

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